Ordenación diaconal de Xavier Montané y Samuel Gutiérrez.

La familia natural y la familia cristiana lo celebraron con gozo el domingo 11 de octubre, a las 18h, en la Catedral de Sant Llorenç. No son las primeras ordenaciones en tiempo de pandemia, pero para la Iglesia de Sant Feliu de Llobregat sí. Por eso, detrás de las mascarillas de los asistentes, de los concelebrantes y de los nuevos diáconos, Xavier y Samuel, las sonrisas escondidas eran digno de la gran alegría compartida por todos. Y a la vista, los ojos, que lo habían de expresar todo, en general luminosos, y en algún rostro, llorosos de emoción.

Las circunstancias han sido extrañas: con aforo limitado y asistencia previa invitación, y también con retransmisión en directo por YouTube, primera experiencia desde la catedral, con algunas deficiencias técnicas de conexión, pero que ha permitido a otras personas participar simultáneamente al acto.

La liturgia acompañó para celebrar con toda efusión la fiesta de la comunidad cristiana que recibe este nuevo don: el coro formado por los seminaristas, acompañados por órgano y trompeta; los diversos ritos, desde la oración cantada de las letanías, a la imposición de las manos por parte del obispo Agustín, a las promesas de los nuevos diáconos, a su vestición, con la estola y la dalmática, signo visible de los nuevos diáconos. Los abrazos de acogida y felicitación, del obispo Agustín y sobre todo, de los otros diáconos, más bien contenidos, sustituían en cierta manera la espontaneidad del momento por otros gestos más sobrios.

Las palabras de agradecimiento de los nuevos diáconos al final de la celebración acaban así: “No queremos ser servidos, queremos vivir sirviendo. Hemos venido a lavaros los pies, y os pedimos vuestra oración para que nos podamos mantener fieles a la misión encomendada de servir humildemente el pueblo de Dios”.


Cuando anunciamos las ordenaciones en esta web, conocimos un poco más el testimonio de Samuel; hoy es el ya diácono Xavier quien comparte su experiencia:

Estos últimos meses antes de la ordenación he tomado conciencia de dos hechos importantes: que la comunidad me convierte y la comunidad me salva. En ella me he sentido acogido, amado y reconocido por mi vocación. He podido acabar de discernir, crecer en ganas, ilusión. Y eso se ha dado en la comunidad porque la gente ha sido instrumento de Dios, porque he reconocido la llamada en ellos, es decir, me he sentido llamado por ellos a servir: es aquí donde reconozco la llamada y la vocación, la voluntad de Dios, lo que El quiere de mí. 

La comunidad ha tomado nombres diferentes a lo largo del tiempo: Primero, Sant Pere i Sant Pau, del Prat de Llobregat, mi parroquia de origen. Siempre he estado allí, con diferentes intensidades: mis padres me llevaban. El esplai fue la puerta de entrada y allí creció mi fe. La catequesis me formó. Los grupos de jóvenes que iniciamos fueron como un regalo y la eucaristía de los domingo por la tarde, el alimento para la semana. 

Y después, Sant Antoni Abat y Santa Maria de la Geltrú, en Vilanova i la Geltrú. Y ahora, Piera, Ca n’Aguilera, el Bedorc, Els Hostalets de Pierola, Vallbona d’Anoia y La Llacuna.  

Una imagen que me gusta: La comunidad, como el pan, se parte y se reparte. Nos alimentamos de la comunidad, como lo hacemos con el pan, para ser comunidad y salir a servir a los demás. Mi vocación tiene mucho de eso: yo quiero ser comunidad, y dentro de la comunidad servir, ahora como diácono. En la comunidad hay diversos servicios, uno parte el pan, otro lo reparte. Para mi, el gesto de repartir el pan es símbolo del ministerio diaconal, esta vocación de servicio a la comunidad y al mundo que quiero que sea mi vida.