Iñaki Lasterra y Clara Pastor confiesan que no son superhéroes, sólo el amor de Cristo les urge a volver a Ucrania. Mantienen el contacto con personas de Kiiv, algunas abandonaron el país, otras se han quedado. Pero el hecho de que es un país en el que la guerra ha llenado de odio el corazón de los ucranianos hacia los rusos y el visto bueno de las autoridades eclesiales consultadas les anima a devolver para ser portadores de la paz en la Cruz de Jesucristo.

Se marcharon de Sant Vicenç dels Horts como familia misionera hace 16 años, entonces acompañados de los tres hijos mayores, Daniel, Xavier y Glòria. Luego vinieron  Inés, David, Isabel, Anna, Juan, Pablo, María y Raquel. Inicialmente estuvieron en Novosibirsk (Siberia), y después han vivido en las ciudad ucranianas de Odessa y Kiiv.

Clara e Iñaki siempre dicen que la comunidad neocatecumenal de la que forman parte son el cuerpo y ellos, las piernas; sin sus hermanos no son nadie. Desde el día que salieron del país, al poco de empezar la guerra, hasta hoy han podido vivir y rezar con su comunidad y vivir estos meses de sufrimiento e incertidumbre apoyados y confortados. También han podido disfrutar de momentos de alegría como la primera comunión de Anna.

Iñaki es ingeniero mecánico y trabaja a distancia para una empresa suiza de tecnología, tanto en Ucrania como durante estos meses desde Sant Vicenç dels Horts; Clara es filóloga y justo ha alcanzado el nivel C de ruso en este tiempo. Los hijos mayores al llegar a Cataluña continuaron las clases en la Universidad por vía telemática. Los pequeños, a su llegada fueron escolarizados, pero al mismo tiempo han continuado la formación en Ucrania a distancia.

Desde marzo, la familia ha podido compartir su experiencia misionera en varios foros: Los padres, con una representación de sus hijos visitaron al obispo Agustín para explicar su situación allí y sus motivaciones. Los hijos mayores han dado testimonio en diferentes espacios, por ejemplo en la escuela La Inmaculada, de la situación del país y cuál era la misión de la familia allí.

Después de estos meses en nuestra casa, han decidido volver a Ucrania: “Sentimos que Dios nos llama a pesar de nuestra debilidad y vemos que somos instrumentos suyos. Somos un pequeño lápiz en la mano de Dios, como decía la madre Teresa de Calcuta”, decían. El pasado 22 de septiembre, en el marco de una celebración de la Palabra, se rogó y pidió la bendición de Dios sobre ellos, para que tengan la fortaleza y sabiduría que regala el Espíritu Santo. Un momento especial en el que experimentaron la proximidad y la comunión con toda la comunidad parroquial de San Antonio de Padua.

Ahora, desde principios de este mes de octubre, la familia se encuentra de nuevo en Kiev. Que puedan ser testigo del amor de Dios y signo de esperanza para el pueblo ucraniano en medio de la situación de guerra y de muerte que allí se vive.

Os recomendamos